La catedral de Sevilla posee uno de los más ricos tesoros artísticos conservados en ámbitos eclesiásticos y está considerada como una de las mejores pinacotecas de España.

Gran parte de las pinturas son obras de primera calidad y su inventario actualizado comprende ochocientos treinta y tres registros.

Soñaban, por qué no, que un día fuera la mejor Cátedra del Arzobispo de Sevilla y futuro Patriarca de la Indias; que en ella se celebrara el más esplendoroso culto litúrgico de la metrópoli; que asombrara a sus visitantes al caminar bajo sus bóvedas góticas, al descubrir su multiforme iconografía, (pintura, escultura, orfebrería, tejidos, libros corales, vidrieras), llenando las más diversas capillas góticas y renacentistas, para llegar después a encontrarse, en el remanso del Patio de los Naranjos, con las joyas bibliográficas y documentales que se custodian en el Archivo y Biblioteca Capitular, pórtico de un singular sancta sanctorum: la Biblioteca Colombina. Piedra a piedra ven crecer esa impresionante “montaña hueca”, bajo la severa mirada de la Giralda, señora de Sevilla.

El Cabildo Metropolitano ha sido su fiel custodio, durante siete siglos de rica historia y lo quiere seguir siendo con una atención y organización, cada día, más moderna y esmerada. Para ello, mantiene a diario la liturgia de las Horas y la Misa coral, rompe moldes en la celebración de las grandes festividades del Corpus y de la Inmaculada (baile de seises, procesión por la ciudad, repique de sus 24 campanas), atiende permanentemente la devoción a la Virgen de los Reyes, y realiza amplia pastoral sacramental, como primera Iglesia de la Diócesis de Sevilla.

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La perfecta sintonía entre la actividad pastoral y la cultural en la misma sede catedralicia, bien ha valido el reconocimiento internacional de la UNESCO, como ejemplo de gestión actual y comprometida con ambas facetas de la vida diaria de la catedral de Sevilla.

Este tesoro se ha formado a través de los siglos como consecuencia del deseo del propio Cabildo de enriquecer su catedral y por el afán de muchos de sus canónigos que encargaban pinturas para adornar retablos y capillas. Igualmente, las principales familias sevillanas que escogieron la catedral como sede para sus enterramientos, adornaron sus capillas con composiciones pictóricas, además de aquellos que en sus testamentos, dejaban parte de sus colecciones para ser colocadas en sus dependencias. De esta forma, desde el siglo XV hasta el siglo XIX, la historia de la pintura aparece profusamente representada en la catedral sevillana.

Digna mención merecen las maravillosas rejas de las distintas capillas y altares que con sus solemnes barrotes, han contribuido decisivamente a que a día de hoy, podamos contemplar las obras allí colocadas como si estuvieran recién facturadas, además de ser la distancia desde el exterior de las mismas, a la que el autor supondría que se admiraría su obra. Esto fue vital para asegurar la adecuada conservación de las pinturas que no estaban al alcance directo del espectador. Pasemos pues a visualizar una mínima parte de ese rico legado pictórico con el que nos deleita este fantástico monumento

Patrimonio
La Escultura

El patrimonio escultórico de la Catedral de Sevilla tiene obras desde la baja antigüedad hasta finales del siglo XX y comprende no sólo las imágenes devocionales, la escultura monumental, los sepulcros, las lápidas e inscripciones sino también buena parte de los retablos y algunos muebles, señalados en otros apartados.

Las piezas más remotas son varias lápidas romanas, visigodas e islámicas y la fuente el Patio de los Naranjos. Las imágenes más antiguas fueron donadas por Fernando III y Alfonso X a la capilla de los Reyes y al altar mayor de la Catedral; la Virgen de los Reyes, patrona de la ciudad, es obra vinculada directamente al santo rey y la Virgen de la Sede preside el altar mayor desde el último cuarto del siglo XIII. La Virgen de las Batallas acompañó al rey Fernando III en su sepultura y del monumento funerario han permanecido dos lápidas con inscripciones en castellano, latín, árabe y hebreo encargadas por su hijo.

La mirada gótica
De la primitiva catedral mudéjar conservamos otras imágenes como son la Virgen de los Olmos, el Crucificado del Millón de finales del siglo XIII que corona el retablo mayor, a algunas lápidas funerarias y sepulcros como el de Mate de Luna (+1299). Según la documentación, los primeros sepulcros con efigies esculpidas fueron los de la familia Pérez de Guzmán y el del arzobispo Don Gonzalo de Mena (+1401) es un túmulo con la efigie del difunto tendido y relieves de la vida de Cristo y de la Virgen en alabastro.

Avanzadas las obras del templo gótico, cuando falleció el cardenal Juan de Cervantes (+1453) y el cabildo encargó su sepulcro de alabastro al escultor normando Lorenzo Mercadante de Bretaña, cuya estancia coincidió con el apogeo de las formas flamencas en Sevilla y el inicio de la escultura monumental en las portadas occidentales, del Nacimiento y del Baptisterio, cuyas figuras y relieves modeló en barro.

La escultura monumental en barro cocido constituye una manifestación plástica bajomedieval, que en Sevilla alcanzó cotas de gran calidad desde mediados del siglo XV y continuó en los periodos posteriores, debido fundamentalmente a la carencia de canteras de piedra próxima y adecuada para la talla esculpida. Pedro Millán modeló, a comienzos del siglo XVI, las imágenes para el altar de la Virgen del Pilar y concluyó la escultura de las portadas occidentales, uno de los conjuntos más interesantes de la escultura monumental europea.

Renacer artístico
A comienzos del siglo XVI, otros escultores como Sebastián de Almonacid realizaron imágenes para los andenes de los triforios, para otros altares dotados por diversos miembros del cabildo y Doménico Fancelli estuvo en Sevilla para instalar el sepulcro del cardenal Hurtado de Mendoza en la capilla de la Antigua, que le había encargado el Duque de Tendilla para acoger los restos de su tío. El montaje del sepulcro en 1510, marcó una profunda huella en los trabajos renacentistas de las capillas de los alabastros. Obras del primer renacimiento son la decoración de la sacristía mayor, pila bautismal y dos relieves importados del taller florentino de Andrea de la Robbia y la decoración esculpida de la sacristía mayor.

En las primeras décadas del siglo XVI el Miguel Perrin fue el encargado de realizar las nuevas imágenes de barro cocido para el cierre del crucero desplomado en 1510, el programa escultórico renacentista que renovó la puerta del Perdón en 1519-1521 y dotó de una iconografía renacentistas las dos puertas orientales, de la Epifanía y de Entrada en Jerusalén. Así mismo, en 1522 la terminación del altar mayor propició la realización de un ambicioso programa iconográfico de cincuenta y seis figuras de barro cocido para sus paredes exteriores y testero de la capilla mayor, que inició el mismo escultor y concluyeron Juan Marín y Diego de la Pesquera en tercer cuarto del siglo XVI.

El periodo manierista dejó espléndidas muestras en tiempos del maestro mayor Hernán Ruiz y de sus sucesores, con los que colaboraron los escultores Juan Bautista Vázquez el Viejo, Diego de la Pesquera y Juan Guillen. Éstos junto a otros tallaron los relieves de la sala capitular y del antecabildo, concluyeron la ampliación del retablo mayor, de las paredes exteriores del altar mayor, hicieron piezas para el mobiliario litúrgico y la veleta monumental que fundió Bartolomé Morel en 1568 para remate del campanario de la Giralda.

La vigencia del barroco
Los más afamados escultores de la escuela sevillana del barroco acometieron los retablos de numerosas capillas cuyas imágenes titulares gozan de gran devoción, tallaron sepulcros y muebles, reformaron el monumento de Semana Santa y esculpieron imágenes entre las que destacan las de San Fernando, canonizado en 1671. Obras de Juan Martínez Montañés, Pedro Roldán, Juan de Arce, Francisco y Dionisio de Ribas, Juan de Mesa, Alonso Martínez y Francisco Ruiz Gijón ocupan los altares y capillas de este templo, donde, además, podemos encontrar interesantes tallas en marfil de diversa procedencia y caracteres.

Neoclasicismo y siglo XIX
El nuevo solado de la Catedral en el siglo XVIII trasladó al trascoro las sepulturas más importantes, cuyas losas fueron renovadas y ocasionó la pérdida de numerosas lápidas renacentistas y barrocas. A finales del siglo XIX los escultores Ricardo Bellver, Agapito Valmitjana, José Esteve, Pedro Arnal, Alfonso Bergaz y Adolfo López Rodríguez realizaron los sepulcros de los cardenales de la Lastra, Cienfuegos y Lluch Garriga y acometieron la escultura monumental de las portadas de la Asunción, Ascensión y de San Cristóbal de acentuado carácter neogótico. En 1899 llegaron a Sevilla los restos del almirante don Cristóbal Colón, colocados tres años después en un mausoleo diseñado por Arturo Mélida y Alinari en 1891.

La escultura durante el siglo XX ha tenido un marcado carácter funerario desde que en 1812 Joaquín Bilbao concluyó el sepulcro del cardenal beato Marcelo Spinola. Luego Mariano

Por Flavia Tomaello, https://flaviatomaello.blog/, Instagram @flavia.tomaello