Con Juli nos conocemos hace varios años, desde cuando íbamos los martes al lado b de El Emergente, a tocar para 10 personas en una habitación, en el Circuito Cerrado que organizaba Diego.

Julián tenía 19 años, se había venido a Buenos Aires desde Corrientes con unas canciones, una guitarra y una loopera. Se prometió hacer 100 shows en un año. Dio casi 300. Tocaba prácticamente todas las noches, donde lo dejaran, incluso más de una vez por noche. Y de día tocaba en el subte o en la calle.

Unos años antes yo había vivido en Madrid con otros músicos. Mi primera casa española fue en la calle Magdalena 29 y en realidad era un hostal con baño compartido: Fuentemar, todavía existe. Tocaba en los pasillos del Metro y los fines de semana en la Plaza Mayor. No ganábamos mucho pero alcanzaba para pagar el hostal y comer malamente. Cuando nos iba bien comprábamos Coca Cola y dulce de membrillo de postre. A veces, algún amigo nos convidaba una china de hachís.

Escuchábamos música en un walkman y como no teníamos parlante, cortamos el cable de un auricular que no andaba y lo unimos a uno de guitarra que tampoco andaba y lo enchufamos al amplificador.
Había llevado sólo unos pocos cassettes, me acuerdo de uno de Goyeneche y otro de Páez que escuchábamos cada noche mientras jugábamos a las cartas. Compré un mazo en la tienda árabe de abajo, eran unas cartas de póker muy raras que adentro tenían un rectángulo con una carta española. Jugábamos al truco y si ojeabas las cartas veías picas y diamantes.

Julián y yo tenemos mucho en común, como irnos lejos de casa a hacer música, y tocar en la calle.
Tiene una canción hermosa donde nombra a mi disco Diletancia y es un honor para mí.
Admiro mucho sus letras y canciones, pero también esa fuerza con la que se lleva todo por delante en cualquier lugar del mundo donde le toque vivir.

A la distancia y aislados, él en Corrientes y yo en Buenos Aires, grabamos esta canción de mi último disco.